SONIA ITURRATE

“Soy como este hombre sentado tranquilamente al sol.
Espero algo, nada importante.

Atento pero en calma.”

Salgo a la calle con una idea en la cabeza:

¿Existes?

Pues busca una prueba, valiente. Te reto como si fueras otra persona,
una de esas que llevo dentro, a ver quién aparece hoy.

¿Tú existes?

Le pregunto a la mujer que se refleja en el espejo.

Y ella se gira y mira a la gente pasar.
Soy feliz habitando un mundo que no me pertenece,
fascinada por la belleza de lo que se presenta como sólido y a la vez fluye fuera del espejo,
hacia el no ser.

Los disparos aparecen en mi cuerpo,
son heridas en el cristal,
destellos de una estrella que existió,

.
.

pero ya no.

En los portales de las casas la calle se refleja y,
donde está mi cuerpo,
puedo ver el interior del edificio.

La escalera, el ascensor, una silla vacía.
La luz del descansillo del primer piso me grita para que la mire.

Me quedo quieta y observo el mundo reflejado.

.

Al acecho de esa casualidad llena de significado.
Ese lienzo que se dibuja y que me dice que, durante ese instante, existí.

En el taller suena Cohen.

Vemos el discurso de mi cuerpo proyectado en la pared.
A veces sólo una sombra y otras mi boca o mi ojo se asoman
claramente para reclamar su existencia.
Pedazos reflejados que forman tanto parte de mí como las escaleras
que se repiten y que me susurran que las suba,

peldaño a peldaño,

hasta la luz que es la promesa, el deseo, de la sombra de este cuerpo.

“Never let go of that fiery sadness called desire.”
Patti Smith

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